domingo, 1 de noviembre de 2020

 La Increíble y Triste Historia de la Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada

Gabriel García Márquez

Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de su
desgracia. La enorme mansión de argamasa lunar, extraviada en la soledad
del desierto, se estremeció hasta los estribos con la primera embestida. Pero
Eréndira y la abuela estaban hechas a los riesgos de aquella naturaleza
desatinada, y apenas si notaron el calibre del viento en el baño adornado de
pavorreales repetidos y mosaicos pueriles de termas romanas.
La abuela, desnuda y grande, parecía una hermosa ballena blanca en
la alberca de mármol. La nieta había cumplido apenas los catorce años, y era
lánguida y de huesos tiernos, y demasiado mansa para su edad. Con una
parsimonia que tenía algo de rigor sagrado le hacía abluciones a la abuela
con un agua en la que había hervido plantas depurativas y hojas de buen
olor, y éstas se quedaban pegadas en las espaldas suculentas, en los cabellos
metálicos y sueltos, en el hombro potente tatuado sin piedad con un escarnio
de marineros. (fragmento)










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